
Juego de máscaras
No soy un hombre acostumbrado a mentir y para mi la verdad es de gran valor y estima, por lo que voy a decir prontamente me llenaría de indignación de haberlo escuchado de otra persona, pero por el hecho de haberlo vivido no me queda mas remedio que aceptarlo como verdadero. Tal vez pensarán que estoy alucinando, pero debo decir que nunca he tenido problemas de ese tipo y si lo que he vivido les parece extraño, a mi no me lo parece menos, pero les aseguro que lo que contaré es la pura verdad y si lo narro ahora no es con el fin de que me crean, si no por liberarme de esta historia que da vueltas y vueltas en mi cabeza, encerrándola en un papel.
Hace algunos días me vi en la necesidad de comprar algunos artículos, por lo que me desplacé a la zona comercial de la ciudad y mientras caminaba de acá para sin decidirme finalmente por algún almacén en particular, viendo que pasaban las horas sin hallar algo que me satisficiera, cuando estaba a punto de retornar a mi casa, me quedé observando casualmente a un dependiente que se distinguía de los demás. Dibujabase en su rostro una expresión de absoluta confianza y jovialidad que se sentía como alguien conocido con solo haberlo visto una vez. La sonrisa en su rostro era permanente y el brillo en sus ojos tenía el matiz de la absoluta sinceridad y constantemente algún cliente le preguntaba por algún artículo del almacén a lo cual el respondía ensanchando un poco más su sonrisa y dirigiéndole una mirada atenta mientras contestaba cortésmente a sus inquietudes.
Sin embargo, al poco tiempo de estarlo observando llega una mujer al mostrador mirándolo con ansiedad y cuando este se percata de su presencia, en cuestión de un instante se dirige a un pequeño estuche en la parte posterior del almacén, se quita rápidamente el rostro que tenia y lo cambia por otro guardado en el interior de dicho estuche. Este súbito cambio me sobresaltó por completo pues me parecía estar viendo a otra persona con el mismo porte y la misma ropa del dependiente que había estado observando y si no hubiera visto la operación del cambio de rostro hubiese jurado que se trataba de otra persona, y sin embargo estaba allí, sin el menor rastro de la jovialidad mostrada anteriormente, con la altivez y el desdén ardiendo en sus ojos, con un rictus de amargura en su boca y su frente extrañamente fruncida.
Por un instante pensé que estaba viendo visiones, que estaba confundiéndole con alguien que había visto en otro sitio, por lo que decidí observarlo por otro tato y vi como hablaba con esa mujer por largo rato, sin ponerle mucha atención, con un gesto de fastidio y de desdén que era realmente repulsivo
Cuando finalmente la mujer se marchó, al parecer con los ojos inundados de lágrimas por la fugaz visión que tuve de ella, este hombre nuevamente se dirige al estuche anteriormente mencionado y con una maniobra extremadamente ágil cambia nuevamente su rostro actual por el anterior. No podía creer lo que veian mis ojos pues la transformación era tan absoluta que era difícil pensar que se trataba de la misma persona. Esto agudizó mi curiosidad y me decidió a estar un rato más pendiente de sus actos, pues no me explicaba el misterio que rodeaba el estuche que le permitía hacer tan increíbles cambios.
Después de un tiempo de estarle observando llega la hora de cerrar el almacén y toma sus cosas, incluyendo el singular estuche y a pocos pasos de salir tiene lugar otro sorprendente cambio. Con un rápido ademan muda su rostro de dependiente por otro completamente diferente. Su sonrisa es ahora sensual y sugestiva, su frente, antes atenta y cordial ahora sugiere un aura de misterio difícil de describir. En sus ojos brilla el deseo y la lubricidad y todo su ser se rodea de una atmosfera de arrojo y audacia. Se detiene por un instante para pensar y mientras le observo se me asemeja a un león contemplando ávido la sabana pensando en el mejor lugar para acechar a su presa.
Camina lentamente y con aire resuelto y después de algunos minutos ingresa a un pequeño establecimiento, de esos que suele haber en el centro de las ciudades. Me senté en una banca cercana y me pregunté cual seria el mecanismo que le permite al hombrecillo sus extrañas transmutaciones, mientras contemplaba los rostros de los diferentes transeúntes que deambulaban a esa hora por los alrededores de donde me hallaba sentado. Vi múltiples rostros, la alegría, la ansiedad, el cansancio, el optimismo y uno que otro rostro flaco y famélico asqueado de la vida, pero todos prácticamente invariantes, con solo pequeños cambios, un ligero brillo en los ojos al ver algo interesante o agradable en una vitrina, una sonrisa al reconocer a una persona conocida, un joven con cara de estudiante que ríe suavemente mientras musita unas palabras a una joven doncella que pasa con cara de seriedad, pero que a su vez muestra una disimulada sonrisa cuando el ya no la está viendo, rostros y mas rostros únicos, sin la extraña capacidad de cambio que había logrado apreciar.
Completamente sorprendido por lo visto decido aguardar un poco a su salida, mientras lucho contra la negativa de mi cerebro de creer en lo que mis ojos me han mostrado. Después de aguardar un largo rato, sumido en mis cavilaciones, le veo salir en compañía de de una hermosa mujer con la que charlaba en un tono bastante intimo y se dirigieron a un automóvil estacionado cerca del lugar de trabajo del hombre, mientras se tambaleaban y reían a causa de su ebriedad.
Al verle en ese estado, con la expresión que le había visto al entrar al establecimiento que acababa de abandonar, pensé que todo lo que había visto solo era fruto de una imaginación un poco exaltada y que en realidad mi cerebro solo había exagerado todo los hechos acontecidos, dándoles un carácter más dramático, por lo que me disponía a marcharme, dejándole en su embriaguez y felicidad, cuando presencié la más impresionante de las transformaciones. Cuando estaba a punto de arrancar el vehículo, apareció repentinamente un agente de tránsito que estaba observando a nuestro personaje y su estado de ebriedad sin lugar a dudas; en ese instante, con un gesto veloz y calculado al ver al agente acercarse abre ágilmente el estuche y se transforma. Ahora su rostro es una máscara de dolor y sufrimiento, con hondas arrugas surcando su frente como testigos de una vida injusta y cargada de miseria, en torno a sus ojos se dibuja la pena y sus labios traslucen la resignación de los que solo han tenido pesadas cargas y pesares a lo largo de sus vidas.
A pesar de haberle visto ejecutar su maniobra varias veces, en esta ocasión he quedado estupefacto y sintiendo seriamente que mis sentidos me están engañando. Sin embargo, el agente que se acerca también tiene un extraño cambio de actitud y su aspecto antes severo e inflexible se muestra gradualmente perplejo y dubitativo y lo que iba a ser una seria multa, termina en una ligera amonestación y la recomendación de conducir con cuidado, mientras mira con compasión a la pobre criatura a la que se ha dirigido con tanta prevención.
Me alejo cavilando en lo que acabo de ver, pero no acabo de creer, mientras le observo recuperar su rostro sensual para tranquilidad de la mujer que le acompaña.